lunes, 28 de junio de 2010

Zina

Zina despertó ayer. La he tratado con cariño. Le masajeé las órbitas de los ojos porque los tenía rojos de tanto llorar. Esta viva, aunque de ser por ella, sería todo lo contrario. Me parece que debo decir algo en su defensa: es bella. La gente de la calle siempre voltea a verla. La desean cuando posa sus piernas sobre el asfalto y cimbrea su figura para deleite de los peatones de turno. Si supieran lo que sé, se cuidarían de mirarla tanto. Como dije, Zina despertó ayer y hoy mira para adentro. Me preocupa cuánto más permanecerá en ese estado. No se cuánto podré cuidar de ella; ya casi no tengo fuerzas, mi tiempo se acaba. Por eso es que quiero contar esta historia. Para que los que me sucedan estén prevenidos.

Todo comenzó hace mucho, cuando aún éramos muy jóvenes; o por lo menos yo lo era. Fue en unas de esas fiestas de pueblo donde nadie faltaba, y, como le ha sucedido ya a tantos, ni bien mis ojos se detuvieron más de lo aconsejable en su perfecta, ¡qué digo perfecta!, en su angelicalmentediabólica figura, quedé condenado a amarla por la eternidad como un coleccionista tras la pieza faltante.

Conquistarla me llevó mucho tiempo. Parecía predispuesto a perder la batalla por la diferencia de edad, pero gracias a mi paciencia no fue así. Hice sólo dos cosas: encontrar el punto débil a los contrincantes y comprender lo que ella necesitaba, lo que no le daban los demás. La admiración y el deseo los obtenía siempre sin pedirlos. También la envidia. Hasta conocerla nunca había pensado de que la belleza podría ser un beneficio destructor y cruel. Sabíamos desde el principio que esto podría pasar. Quizá debería haber esperado un poco más para decírselo.

La tarde anterior al colapso salimos a caminar después de comer. La calle estaba desolada. El aire era denso y caliente.

¡Ay! —gritó mi Zina y se quedó con la mirada clavada en el suelo —Es el tercer pájaro muerto que encuentro en los últimos días. ¡Qué desgracia! ¿Será ésto lo que llaman pájaro de mal agüero?

No seas supersticiosa, Zina. ¿No te das cuenta que los pájaros se caen de los árboles por el calor terrible que nos azota? —intenté consolarla y la acurruqué contra mi pecho —Yo también moriré a tus pies si no me hidratas con la frescura de tus labios.

¡Don Vito! —me dijo consternada —¡Cómo puede pensar en el placer carnal entre tanta muerte!

Y una sonrisa ambigua se le escapó de sus labios frescos. Me agarró de la mano y empezó a correr conmigo calle abajo donde se encontraba un bar. Sabía que le apetecía emborracharse, como lo había hecho en aquellas fiestas de pueblo. Pero después de su largo viaje al otro lado del mar, Zina había cambiado. Su mirada era distinta, más decidida y vulnerable.

¡Brindemos por los pájaros vivos!

El bar también estaba desolado. Sólo había un camarero, un señor alto, moreno, de mediana edad, con un aire indiferente hasta que sus ojos se posaron en Zina.

Señorita, yo a usted la he visto antes —dijo aquel señor, masajeándose el mentón con el pulgar y el índice. —Es más, me atrevería a afirmar que usted es la hermana mayor de Panchita, la niña más desordenada del 8 C. Y permítame decirle que es una opinión generalizada, pues no sólo causa problemas en mis clases de química.

Zina se ruborizó. Y yo también, aunque de rabia. Porque al instante recordé esos momentos engorrosos en la escuela, cuando heredaba el estatus de mis hermanos y me condenaban a las penas más crueles del infierno ante la ínfima manifestación de libertad.

Lo que el hombre dijo molestó mucho a Zina. Yo no había dicho nada, pero a mí también me odió por no haberla defendido. Ella no le respondió, no le dirigió la palabra. Después de ese episodio, ya no volvió a ser la misma. Ni siquiera me miraba y cuando le hablaba no respondía. Cuando nos fuimos del bar comenzó a caminar mirando a todos los hombres que pasaban por su lado. Los miraba como seduciéndolos. Yo quería cogerla del brazo y llevarla a casa, pero no se dejó. Estuvo así toda la tarde coqueteando con todos los demás. Algunos incluso se acercaron a ella y casi me agarro a golpes con varios. Al final se subió corriendo a un taxi y me dejó solo en medio de la calle. No pude seguirla, no la vi más, hasta esta madrugada cuando regresó.

Lucía notablemente mal. Mi primera reacción fue llamar al médico. Pero ella, con la poca fuerza que le quedaba, me impidió hacerlo. Le juré que no lo haría. Debo agregar que nuestros juramentos van más allá de la vida o la muerte. Pase lo que pase acordamos, desde el principio de nuestra unión, respetar lo jurado. Y así fue. El teléfono no se usó esa noche. Hasta que Zina despertó. Miraba para adentro. Me miraba como tomaba posesión de sus manos y masajeaba sus ojos. Como levantaba, poco a poco, su maltrecho cuerpo y después de curar los rasguños y heridas bebía abundante agua. Luego Zina miraba, con determinación, su rostro —nuestro rostro— en el espejo.

A veces me pregunto si, todos estos años, habré sido una especie de ángel de la guarda o sólo una anomalía en la perturbada mente de Zina. Sobre todo ahora que ha tomado la determinación de quitarnos la vida y no creo que esta vez pueda hacer algo para evitarlo. Salvo terminar de escribir estas palabras.

Dámaso y los demás, Hessen, Juni 2010.

Orden de Escritura

1)Hugo Casallo

2)Javier Rosenberg

3)Sofía Einöder

4)Rodrigo Gardella

5)Lenka Wolf

6)Benjamín Otero

7)Carlos Rojas Olivos

8)Hugo Casallo

martes, 15 de junio de 2010

Malinterpretando - Carlos Rojas Olivos

Habíamos cogido un barco hacia unas islas más pequeñas. Estábamos en Grecia y ella se había sentado en la parte de atrás. Lo había hecho porque estaba molesta conmigo porque la noche anterior yo, según ella, había estado mirando todo el rato a unas italianas que estaban en una discoteca. Y, en efecto, yo las había estado mirando pero no todo el rato como ella decía mientras discutíamos camino al hotel. Y mientras seguimos discutiendo en la habitación. Y así toda la noche hasta que no me quedó otra que dormir en la bañera.

Me costó mucho convencerla de coger este barco y mientras veo que ella mira el mar con cara ya ni siquiera de pocos amigos sino de ningún amigo, escucho en mi reproductor una canción que se llama Barco viejo, de Los Inmortales. No es mi canción preferida pero la elegí porque sabía que iba a coger un barco, aunque cuando la elegí también pensé que la escucharía con ella a mi lado y ya ven, aquí estoy solo con mi iPhone, mis auriculares y sin muchas ganas ya siquiera de escuchar esta canción. Ok, las miré, no lo voy a negar, pero solo fue un momento porque ellas me miraron y claro no tiene nada de malo mirar, ¿o sí? No, por qué, todos miramos, no creo que exista alguien que diga: no, yo no miro, para nada, por qué voy a mirar, a mirar al cine. No, si alguien te mira, tú también miras, y si te miran dos italianas y se ríen pues te quedas mirando y le devuelves la sonrisa, ¿o no? Sí, por qué no. Total una sonrisita inocente que más da. Una cosa de nada. Una tontería. Otra cosa ya es una guiñada de ojo, o sacada de lengua. ¿Qué? ¿Nunca han visto a nadie que saca la lengua? Por favor, en qué mundo viven, yo he visto a gente que saca la lengua, la mueve y hasta manda besos volados. Hay de todo pero yo estoy jodido solo por mirar. Aunque claro, luego me dijo también que para qué me acerqué a ellas. No fue así como ella lo dijo, sí me acerqué pero fue porque fui a la barra a comprarme otra cerveza. Ahora yo les pregunto: ¿Está mal que uno que ya ha acabo su cerveza y tiene sed se acerque a la barra a pedir otra cerveza? No. Por qué, estoy en Grecia, hace calor, mi cerveza se ha acabado y pues quiero otra. No hay camareros, pues entonces lo más normal del mundo es que me acerque a la barra. Pero claro, ella todo lo exagera y ya parece que lo hice a propósito o con malas intenciones, y eso nunca.

Sigue atrás, ni siquiera me mira, y lo peor de todo es que cuando está así no hay cómo lograr que se le pase. Y no quiero volver a empezar a discutir. Ah, y todavía me dijo que para qué converso con ellas. A ver, no conversé con ellas, solo me preguntaron de dónde venía y esas cosas que se pregunta la gente cuando está de vacaciones, yo les dije mi lugar de procedencia y ellas también y cuando me dijeron que eran de Italia pues les hablé en italiano ya que era una buena oportunidad de practicar el idioma, ¿o no? Sí, claro que sí, siempre es bueno practicar los idiomas que uno con tanto esfuerzo aprende, no se vaya uno a olvidar. Y nada más, dos tonterías que nos dijimos y ya por eso tanto escándalo. Hay veces que no comprendo estas discusiones, sobre todo cuando se exageran las cosas, sí, ok, las miré, me acerqué, les hablé, pero tampoco es que haya bailado tan pegado con una de ellas como ella me recriminó. No, no fue así, solo bailamos una canción y yo ni siquiera quería. Solo que tuve la mala suerte de decir de donde era y justo sonó un merengue y fácil que ellas pensaron que debido a que soy latino sabía bailar y pues una me sacó y no me iba a negar, ¿o sí? No. Total, un baile no se le niega a nadie, y menos a una chica tan simpática que lo que quería era moverse un rato, nada más. Yo es que a veces no la entiendo, todo este problema que me hace por pequeñeces y justo ahora que es nuestra luna de miel. Y menos mal que ni siquiera le di un beso y solo fue un besito de despedida, pero ella todo lo agranda, hasta eso. Yo que iba a saber que en Italia uno se da besos en la boca cuando se despide. Si hasta hay hombres que lo hacen, lo más normal del mundo en Italia, o por lo menos fue eso lo que me dijo esta chica. Pero claro, ella no me creyó cuando se lo dije, solo se dedicó a insultarme y maldecirme toda la noche. Increíble, ¿no?

miércoles, 26 de mayo de 2010

El viejo de las rosas - Hugo Casallo

Es un estado extraño, todo te inspira. Ves volar una mosca y de ese vuelo extraes una historia. O ver los surcos en el suelo y de la palabra surcos nacen flores y de allí un cuento sobre un viejo moribundo que cultiva tercamente flores, flores rojas, rosas rojas para ser más exacto.

Así como un relato puede ser prometedor, también puede acabar de inmediato en la nada. ¿Qué nos hace abandonarlo? Simple: el corte del estado en el que se escribía por una interrupción y la historia del viejo de las rosas vuelve a su origen.

Pero este no es el caso. Digamos que queremos seguir con la historia y a pesar que ya no sentimos ese primer maravilloso estado al que muchos llaman inspiración seguimos escribiendo.

Pongamos que el viejo se llame Eduardo. ¡No! mejor aún Edgar y para darle más vida cogemos el nombre de un conocido y lo distorsionamos. En este caso le ponemos Edgar Sulka. Hasta casi suena como si existiera. Pero a estas alturas el lector se sentirá aburrido y tentado a dejar de leer el texto.

El viejo de las rosas entra en nuestro auxilio. Les grita a los asaltantes que nos dejen en paz, que ya hay muchos problemas en el mundo. En definitiva, nos defiende y paga el precio. Uno de ellos se aproxima a él y saca un cuchillo. Cegado por el consumo de estupefacientes arremete contra el anciano. Su esposa defiende al amor de su vida. Se cruza el acero con la carne, cae un cuerpo dilatado por los años. Los gritos de los demás pasajeros parecen efectuar lo que ellos mismos no pudieron hacer: espantar a los asaltantes, que ahora huyen dejando el cuchillo dentro de la esposa de Edgar. La pobre anciana lucha por su vida como lo hizo por la de su marido, sin embargo el peso de los años y la sonrisa de la muerte son mejores luchadores.

Edgar presta testimonio. Dos identiquits. Testigos. Hay muchos sospechosos. Todos parecen culpables.

Al entierro asisten hijos, sobrinos, nietos y bisnietos (hay dos recién nacidos). Toda la familia da el pésame y llora.


Edgar luce devastado. Han pasado cuatro semanas y esta hecho un zombie. No come y apenas se asea. Ha pensado en el suicidio seriamente. Planea arrojarse a los rieles en el mismo lugar y hora donde murió su esposa. Sin embargo, en el último segundo de la funesta decisión, el viejo de las rosas retira su esqueleto de la trayectoria planeada, hecha a llorar y vuelve a casa.

Se encierra por dos semanas en su domicilio. Casi no bebe agua en todo ese tiempo. Los vecinos creen en la posibilidad de una tragedia pero los calma escuchar pasos en las noches. El tiempo del encierro termina un jueves. En su delirio Edgar decide cuidar las flores que su esposa cultivaba y lo hace como si hablara con ella. Cada día se adentra más en el mundo de las rosas. Su recompensa al cabo de un tiempo es un estado catatónico de calma. En aquel estado mental va soltando los recuerdos de su vida poco a poco, hasta llegar al episodio de su esposa. Con gran tenacidad deja aquel recuerdo. Las últimas imágenes que ve son las de su propio cuerpo sumergiéndose en un lago de olvido. Pero al palpar la superficie abre los ojos desorbitados. Los abre y nos ve claramente. Ve nuestro mundo superpuesto al de él: nuestras calles, sus autos, las personas. Todo copiado fielmente en letras y vocales, en palabras. Cree volverse más loco de lo que está, pero entiende que es parte de una broma a costa suya. Nos reclama y amenaza. Pregunta porque nuestro ensañamiento con su vida. Guardamos silencio, reflexionamos. No nos da tregua y sigue atenazándonos con sus preguntas. Compasivos -porque también en nosotros habita la compasión- decidimos darle un destino mejor.

No somos dioses para torcer el tiempo pero algo se podrá hacer con el poder de la palabra. Sin embargo, Edgar, el viejo de las rosas; agotado, muere de un infarto. Dejándonos con las palabras y su nueva vida en la boca.

lunes, 17 de mayo de 2010

El chico checo - Rodrigo Gardella

Su mirada se debatía entre el reloj de la pared que marcaba las seis de la tarde y la puerta de entrada. Desde hacía quince minutos permanecía inmóvil, sentada sobre la silla de cáñamo de la sala. Sus manos temblorosas y huesudas, degradadas por el uso diario de la lejía y otros químicos cotidianos, apenas podían sostener con firmeza el bolígrafo. Intentando sobreponerse a la inquietud que le provocaba cada nuevo ruido que provenía del exterior, poco a poco, se dejó invadir por la suave melodía que se escuchaba de fondo y finalmente se animó a abrir el libro que tenía delante. De su interior sacó una hoja en blanco que desdobló con cuidado y colocó sobre la mesa. Con una cautela excesiva acercó el bolígrafo a la superficie del papel para realizar el primer trazo, el más difícil. En ese momento se sintió la mujer más bella de la tierra y todas sus preocupaciones fueron arrolladas por un frenético impulso liberador.


Desde el primer día que te vi supe que entre nosotros surgiría algo que nos uniría de forma especial. Tal vez esa seguridad impidió que todo sucediera tan rápido.

De nuevo miércoles y por fin volveré a verte. Toda una semana pensando en tí, esperando tus mensajes, preparándome para el próximo encuentro. Y cuando te vuelvo a ver, debo disimular mis emociones para no delatarme. Si me miras a los ojos, me escabullo con la mirada para evitar algo que ni siquiera sé con seguridad de que se trata. ¿Tus ojos son azules o verdes? Aún no lo sé porque no me animo a mirarte fijamente. Me avergüenzo de no saber cómo reaccionar ante esta situación. Me incomoda tu mirada, no la entiendo. ¿Qué intentas decirme sin palabras? Tampoco termino de comprender tu actitud. ¿Qué buscas?

Esa incertidumbre no impide que me sienta tan dichosa cuando estoy contigo o cuando pienso en tí. Los días se hacen más llevaderos y los miércoles se transforman en verdaderos oasis en medio de semanas agobiantes. Tu presencia me estimula y me gusta hacerte reír porque tus sonrisas son caricias para mi corazón.

Mi querido Miroslav, ¿cómo se llama eso tan especial que existe entre nosotros y que no se puede ver ni tocar pero que se percibe en el aire? ¿De qué se trata esta fuerza magnética que neutraliza mi resistencia y me arrastra hacia tí? ¿Será algo que solamente yo siento o también lo podrán percibir los demás? ¿Y si sólo fuera mi imaginación?


La frenada brusca de un coche la arrancó de su plácido ensimismamiento. Con rápidez escondió la hoja de papel dentro del libro y esperó impaciente. Su corazón latía con fuerza. Esperó unos minutos allí sentada pero la puerta de entrada permaneció cerrada. La sala recobró su tranquilidad.

Los músculos de la mano que sujetaban con fuerza la cubierta del libro se relajaron. Su mirada se cruzó con el menguante brillo que emanaba de su anillo de casada y no pudo evitar observar el hematoma que cubría casi por completo su antebrazo. Con una expresión de desagrado intentó ocultarlo debajo de la manga de su saco, como si de esa forma pudiera deshacerse de él. Se esforzó por librarse de la angustia que la turbaba y quiso concentrarse nuevamente en la carta. Advirtió que sobre la mesa y los demás muebles se había acumulado otra vez ese polvillo amarillento que aparecía en primavera. Se preguntó si era lo suficientemente fuerte para seguir soportando esa tortura y encontró consuelo en esos labios lejanos, jamás besados, para continuar.


Los violines que suenan en la melodía que estoy escuchando son susurros inspiradores. A partir de hoy, ésta será nuestra canción. Tu recuerdo, te pido que conserves mi recuerdo cuando te marches. ¿Para siempre? No lo sé. Siento que no sé nada. Pero no me interesa, hay cosas que no deben comprenderse sino simplemente sentirse, aunque no sean más que una ilusión. ¿Acaso no dicen que de ilusión también se vive?

Miroslav, príncipe de Bohemia, ¿qué extraño hechizo has conjurado para no poder sacarte de mi cabeza a pesar de saber con certeza que entre nosotros todo es en vano? Tu reino y el mío pertenecen a mundos diferentes. Tu reina y mi rey custodian severamente nuestros sentimientos. Mi vida está en este lugar y tu destino es conquistar otros mundos. No deberíamos arriesgar nuestra riqueza por sentimientos truncos. Sin embargo, insistes en tu aventura haciendo buen nombre a tu estirpe de caballero audaz. Y yo me dejo llevar casi sin oponer resistencia. Mi entusiasmo parece no querer ver los límites de la razón.

Mi príncipe, te ruego que envaines tu espada y que bajes tu escudo. Conserva tus fuerzas para otras batallas. Seré feliz si sólo me permites acompañarte durante este breve trayecto. Luego te marcharás sin mirar hacia atrás porque no confío en la firmeza de mi decisión.



Una lágrima solitaria y audaz se derramó sobre el papel y marcó el punto final que no alcanzó a escribir. De repente, sin un ruido o un movimiento que lo anunciara, la puerta se abrió. Esta vez sus reflejos no funcionaron con la misma rapidez y su secreto quedó al descubierto, tendido sobre la mesa como si fuera un plato de comida a punto de ser devorado. Cualquier explicación estaba de más. Había estado esperando ese momento durante mucho tiempo. Enfrentó a su marido con entereza y sin culpa. En silencio esperó su castigo.


No corras tan rápido que no puedo seguirte. No me importa retrasarme porque sé que en algún lado me estarás esperando.


En ese momento se lamentó de no tener más tiempo para seguir escribiendo.

jueves, 25 de marzo de 2010

Cuando el ocaso - Javier Rosenberg


El tiempo parecía haberse detenido, pero había pruebas irrefutables de que el universo se movía a una velocidad incalculable. Las sombras cobraban fuerza; se alargaban, las nubes iban y venían apresuradas, el viento condenaba a muerte a todas las hojas de un otoño, el sol caía rendido tras el horizonte, se desataba una tormenta, miles de rayos golpeaban furiosos, el agua torrentosa inundaba la ciudad y la noche se hacia dueña del misterio. Pero el sol volvía a salir triunfante y de la nada una gota de rocío caía silenciosa.

La bala tardó lo que tarda una bala en dejar el revolver y recorrer los metros que la separaban de su blanco. Y en ese instante —¿Quién puede precisar el exacto transcurrir del tiempo en un momento como este?— él la vio. La vio como tantas veces, servir con alegría la comida. También la vio doblar la ropa con sus frágiles manos o enojada jugando a las cartas. La vio llenándose de ternura al sostener en brazos a su primer nieto y después correr tras él enseñándole a montar en bicicleta. Había algo en su simplicidad que él encontraba sublime. Como cuando le contó eufórica que se casaba su hija, o el día que con un guiño le hizo saber que estaba todo bien, que eran solo cosas de mujeres.

Después de beber el cuarto whisky de la tarde, se sentó frente a la ventana a esperarla. Como hace décadas ella vendría justo a las seis a traerle una tasa de té. Entonces prendió un cigarro —el último— pensó. El cielo era de un azul perfecto. Como los ojos de ella, se dijo tristemente; pero ni bien llegue el ocaso/ todo se bañaría de un naranja color fuego. El revolver pesaba más que nunca y le pareció terriblemente frío. Pero sería rápido y efectivo; no habría dolor. Él sólo quería aliviar la pena, no seguir prolongando la angustia. Los motivos ya no importaban. La decisión estaba tomada. ¿Acaso se podría reparar lo irreparable por más empeño que pusiera?

La enfermedad se había desparramado por todo el cuerpo. Los médicos dijeron que ya no había nada que hacer. Ella lo tomó con cristiana resignación y no descuidó su tarea diaria. Sólo una vez le dijo entre sábanas que no quería sufrir. Él le respondió que no se preocupara, que todo saldría bien, pero por primera vez no tuvo una respuesta sincera. También a él le había invadido el miedo.
No pudo esperar que dejara el té sobre la mesa. Lo último que ella dijo fue que sería un hermoso atardecer. Él: Que la amaba.

La tasa cayó al suelo haciéndose añicos al igual que sus vidas. La bala tardó lo que tarda una bala en dejar el revolver, recorrer la distancia necesaria y penetrar en la piel. Y en ese instante. Entre que el gatillo acciona los siniestros mecanismos de toda esa furia y el sin retorno, entre el sordo estallido y el silencio ensordecedor, él vio los ojos de la mujer que tanto amaba llenarse de lágrimas y comprendió que lo irreparable era absoluto.

Los minutos que siguieron, qué acaso importa contarlos, no son menos trágicos: La sangre, como lo hace el sol a estas horas, tiñéndolo todo de un rojo intenso.

Primero la camisa de fina tela blanca, después, la alfombra y el parquet. El tiempo parecía detenido pero había pruebas de que esto no era un sueño. La ceniza del cigarro había dejado su huella inexorable y el aroma del tabaco se mezclaba con el de la pólvora y la sangre. Un arrepentimiento atroz cayó sobre él porque no tuvo el valor de volver a apretar el gatillo.

Frankfurt am Main, 2009

domingo, 14 de marzo de 2010

De la noche en que por más que intenté, no pude quedarme callado - Carlos Rojas Olivos

Era de noche. La noche suele ser la amante de los desdichados, me dijo horas antes cuando nos encontramos en el centro para ir a una fiesta y caminábamos bajo mi paraguas porque llovía. Yo no le respondí. No le dije nada y así estuve toda la noche con ella hasta que al salir de la fiesta me la encontré de nuevo en la entrada, esta vez no habíamos quedado para irnos juntos pero ella estaba allí debajo de la puerta esperando y yo no supe si a mí o a que la lluvia se detuviese. Tuve que abrir otra vez mi paraguas porque decidí que la debía acompañar a casa. Caminamos hasta la estación y ella hablaba como si continuásemos en la fiesta, yo no decía absolutamente nada, ni siquiera cuando vino el bus. Seguía lloviendo muy fuerte cuando veía la calle por la ventana y trataba de disimular que la situación, a su lado, era de las mejores. A ella también la veía por el reflejo del vidrio y no podía adivinar qué pensaba. En la fiesta había tenido muchas oportunidades de decirle todo lo que sentía, o de robarle un beso mientras bailábamos, pero no, no lo hice porque me había hecho una promesa. Ahora estábamos sentados en un bus, habíamos bebido demasiado y ella repetía a cada instante que habíamos cogido el bus equivocado. Yo le pedía que se callase y le decía que en un momento más llegaríamos a su casa. No sabía dónde estaba aquella casa pero conocía el lugar porque ella me lo había descrito con muchos detalles antes de subirnos al bus que yo, con muchas copas encima y un paraguas a medio cerrar, adiviné que nos llevaría. Creo que después de dar tantas vueltas con el bus a ella se le había pasado toda la borrachera y todo lo que se le había pasado a ella se me había subido a mí, así que trataba de no hablar porque sabía que la iba a joder. Tenía otra vez miedo de decirle todas esas cosas que tenía guardadas y que no las podía soltar así como si nada. Después que el el bus dio la vuelta número mil para cruzar el puente que separa la ciudad de los suburbios ella se sintió más tranquila porque estuvo segura, al fin, de que íbamos para su casa. Me cogió la mano y me dijo, o más bien me susurró, gracias. Yo seguí sin hablar más por miedo que por ganas, y solo moví la cabeza en señal de un: de nada. Tenía muchas cosas que decirle pero me contenía. No podía volver a hacerlo, no podía discutir con ella otra vez, no le podía decir lo mucho que aún la quería porque ya habíamos quedado como amigos. Y los amigos esas cosas no se dicen, y menos cuando llueve. Así es, amigos, así quedamos en otra noche en que no la acompañé a casa porque me pareció muy lejos y no precisamente la casa, sino ella. Y así como esa vez, esta vez tampoco iba a insistir, sería en vano. Ese era el último bus de esta noche con más desdichados que nunca, con dos borrachos sentados dando vueltas por las calles vacías de la ciudad y con un chofer de bus mirándonos por el espejo retrovisor. Yo ni siquiera sabía cómo iba a volver a mi casa, aunque tampoco me importaba, la dejaría en la suya y esperaría el primer metro o cogería un taxi, así de borracho, de mudo y de miedoso.

Cuando bajamos del bus ella me preguntó qué iba a hacer. Yo le respondí te estoy acompañando a tu casa, ¿no? Sí, pero tú cómo te vas a ir. No te preocupes que yo ya veré. No quiero que te quedes por aquí solo, es peligroso. Pero qué dices, no me va a pasar nada. Espera, vamos a ver a qué hora viene el primer bus para que te regreses. Faltan todavía dos horas. Pues esperamos. Cómo que esperamos, ¿estás loca?, vamos para tu casa, por favor. No, ¿ves?, te dije que no me acompañaras. Yo cojo un taxi y ya está, no te hagas problemas. Pues me voy contigo. Adónde vas a ir si te acabo de acompañar, qué dices, ¿estás mal de la cabeza? Vimos cómo un taxi se detuvo delante de nosotros y de él bajó una pareja, el taxista se quedó mirándonos y nos preguntó si subíamos. Yo la miré. Vestía una falda rosa que estaba mojada. Ella me miró. Yo llevaba mis clásicos jeans y una camisa. No hablamos por unos minutos. Vi su camiseta con algo que decía peace and love debajo del escote. Después de un rato de estar mirándonos, cuando ella me dijo lo pesado que era y que odiaba mis camisas, me di cuenta de que el taxista ya no estaba, de que ya no llovía y de que yo también estaba un poco mojado. Me di cuenta, además, de que ella había perdido casi todo el rimel y los colores que adornaban sus ojos; y que el color del colorete que llevaba en los labios ya no era de ese rojo intenso que deseé comerme en toda la fiesta.

Bueno pues, si te quieres quedar hazlo pero no pienso decirte nada, estamos a dos calles de tu casa y si no te da la gana de ir qué voy a hacer, yo he venido hasta aquí tratando de ser amable, solo para acompañarte, para que no te pase nada... y también porque tú no tienes ni idea de cómo llegar a tu casa a estas horas cada vez que estás borracha... y porque vives en un barrio que solo a ti se te ocurre vivir y que nunca se sabe qué puede pasar, claro, tú siempre con tus tonterías de que no te gusta vivir en el centro porque allí está la gente de dinero y odias a esa gente, pero en cambio cómo te encanta ir a sus fiestas, ¿no?, eso sí, la que llega primero, la que se va última, la más arreglada, la del escote más grande... pero vamos a ver, qué culpa tengo yo de que sea educado, de querer acompañarte a tu casa a estas horas y con la lluvia que cae, qué culpa tengo yo de que se te haya caído el rimel, qué culpa tengo yo de vivir en el centro, de comprarme camisas que odias porque son de marca, dime tú la culpa que tengo yo de que tu colorete sea barato con todo lo que ganas, es que tú, con casi treinta y tres años, todavía te crees una jipi, la alternativa, la diferente, ¿sabes una cosa?, mi padre era jipi, o mis tíos, que ahora tienen más de cincuenta años, pero tú, hazme el favor, qué crees, que porque dijiste que desde ahora somos solo amigos ya se terminó todo, pues muy bien, se terminó, como quieras, por mí normal, pero después no te hagas la tonta y me estés toda la fiesta provocando y sacándome a bailar porque yo tampoco soy un cojudo, y no me importa que no entiendas esta palabra porque yo sí, y además que hoy me he prometido no hablarte y no lo voy a hacer, ¿ok? No lo voy a hacer, no me da la gana de hacerlo.

Estábamos sentados en la estación de bus más triste del planeta más afligido del universo más desconsolado. No pasaba nada, ni siquiera carros o gentes. No llovía después de dos semanas en donde no había dejado de caer una sola gota. Era increíble pero no nos mirábamos. No nos movíamos y no sé cómo hacíamos pero tampoco se sentían los respiros, y los latidos, si es que los había, no retumbaban dentro de los pechos. Al final, después de muchos minutos, cuando del cielo salían algunos rayos de luz y el día vencía irremediablemente a la noche, llevándose a los desdichados, ella se levantó. Pude ver una lágrima que se llevaba lo poco del rimel que le había quedado porque ella se puso delante de mí. No habló pero me miró con una fijación absoluta. Sentí cómo me odiaba. Sentí la rabia en sus ojos. Luego de pensarlo mucho y con toda la razón del mundo me metió una fuerte bofetada. Cuando reaccioné me enseñó el reloj y me dijo: en quince minutos viene tu bus, y se fue.